Estambul
Una crónica desde la ciudad de los emperadores. De Marta Ottaviani.
«La ciudad descrita en estas páginas vive en los ojos de quien sabe verla y en las mentes de quien sabe comprenderla».
Un fragmento del libro “Estambul”, de Marta Ottaviani
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Me llamo Erdogat y soy un gato turco. Para ser precisos, soy un orgullosísimo gato de la República de Nişantaşı. Ya tendré ocasión de explicarles pronto el motivo de esta puntualización. Lo primero que debo decirles es que los gatos turcos son especiales, los únicos capaces de describir este país que cada cual, empezando por los propios turcos, ve un poco como quiere. Esto ocurre por el simple hecho de que nosotros somos el único tema sobre el que los turcos no discuten. Según los más pesimistas, somos también lo único realmente hermoso que queda en la Turquía de Recep Tayyip Erdoğan, a quien a partir de ahora llamaré «mi casi homónimo».
En Turquía, nosotros los gatos somos venerados, sobre todo en Estambul. Dicen que es porque Mahoma nos quería mucho. Hay algo de verdad en eso. Parece que el Profeta tenía una gata, llamada Muezza, de la que nunca se separaba y que una vez incluso le salvó la vida. También por este motivo, la trataba con toda consideración, hasta el punto de cortar un trozo de su propio manto, sobre el que Muezza descansaba, para no despertarla cuando llegó el momento de la oración. Existe además otra creencia, que me toca muy de cerca, según la cual fue precisamente el Profeta, con sus caricias, quien creó el pelaje rayado —o tabby, como dicen los ingleses— propio de los gatos atigrados.
No por casualidad yo soy un atigrado grandote y, según todos, soy realmente guapo. Soy regordete y bonachón, tengo dos ojos que brillan tanto que mi adorado tío, el periodista Alberto Mattioli, me llama Paul, como Newman. Al principio yo no sabía quién era: después de todo, soy un gato turco, ¿qué voy a saber yo de cine estadounidense? Pero el tío Alberto seguía llamándome Paul, así que me informé. Después de ver una foto suya, entendí que me había hecho un gran cumplido.
Otra señal que me distingue es la enorme mancha oscura que tengo en el paladar. No recuerdo cómo se llama en turco, pero según las teyze —«tías» o, en sentido coloquial, «ancianas»— es símbolo de buena suerte. Una vez me dijeron que podría haber tenido entre mis antepasados a un gato noruego. Se nota por el hecho de que tengo mechones en las orejas como una pequeña lince y el pelo semilargo en la barriga. Si me la hubieran dejado, también habría tenido una suntuosa cola en forma de espátula, pero no es culpa mía si, además de ser guapo, también soy bueno y así, cuando era muy pequeño, en la colonia felina donde vivía, me dieron una paliza de las buenas, y adiós cola. Ahora tengo un muñón que, cuando estoy en fase de ataque, parece casi un pompón. Claro, no ayuda a estilizar mi figura —ya bastante redonda de por sí— y da bastante risa. Pero hace tiempo entendí que el aspecto lozano es una de las claves de mi indiscutible éxito.
Mi vida cambió cuando, en un frío domingo de marzo, me crucé con la «Viejona», una periodista que desde sus primeros años de ejercicio de la profesión había decidido especializarse en Turquía, porque estaba segura de que mi país se volvería muy importante.
A la Viejona le gusta mucho contar que fui yo quien la eligió. Y, en efecto, tiene razón. Ese día yo estaba realmente mal. Por entonces era flacucho y en Estambul nevaba. Había notado a la Viejona ya desde hacía algunos días, porque se detenía a dar comida y a acariciar a todos los gatos que encontraba por la calle. Cosa que, en realidad, hacen muchos turcos. Si cuando caminan por Estambul ven montoncitos de croquetas y los inconfundibles fondos de botellas de veinte litros de agua usados como cuencos, no deben extrañarse. En mi ciudad es normal. Lo hacen muchos turcos porque, como les decía, somos venerados.
La Viejona no es turca, es italiana, pero en este aspecto se había adaptado perfectamente a las costumbres locales. No sé si fue el instinto de supervivencia o el hecho de que, desde la primera vez que la vi, pensé: «Esta es mi Viejona». El caso es que, cuando me sirvió en un rinconcito un montón de croquetas cerca del portal de su casa, pensé: «¿Por qué conformarme con las croquetas?». Entré en el vestíbulo del edificio y me instalé primero en el ascensor y después en el sofá.
Lo último que recuerdo es que la Viejona salió de inmediato y volvió con una reserva de comida, pero sobre todo con la caja de arena. En ese momento entendí que mi vida de gato callejero había terminado y que acababa de empezar mi vida de felino servido y reverenciado.
No había contado con su profesión. Con el tiempo descubrí que al lado de los periodistas uno nunca se aburre. Al menos de los periodistas como la Viejona. Pero, con todo el respeto por su trabajo, dejemos que Estambul se la cuente yo. Soy mucho menos aburrido y, sobre todo, soy un gato turco. Por lo tanto, nadie conoce ni entiende mi ciudad y a quienes la habitan mejor que yo.
NIŞANTAŞI
Aquí estamos, ¿pero por dónde empiezo? Dije que les contaría Estambul, pero es más fácil decirlo que hacerlo. Esta ciudad es complicada. También necesito decidir de qué Estambul hablarles. Lo más justo sería empezar por la persona que más antipatía me produce. Y no es mi casi homónimo, ese cuyo trabajo consiste en ser presidente de mi país: él viene en segundo lugar. Hablo de mi veterinario, Gazi Mustafa.
La primera vez que lo conocí fue al día siguiente de que la Viejona me recogiera de la calle. Parecía muy simpático, me hizo muchas caricias, pero luego me metió el termómetro justo ahí, dijo que tenía fiebre alta y que, como estaba desnutrido, podía no salir adelante. Menos mal que la Viejona dijo: «Intentémoslo de todos modos, total, me lo quedo». Así acabé con una dosis de caballo de antibióticos en el cuerpo. El único lado positivo es que esa noche me comí la mitad del sashimi de la Viejona y disfruté de la segunda de una larga serie de noches calentitas.
El consultorio de Gazi está en Akkavak Sokak y domina la placita donde se encuentra mi colonia felina o, mejor dicho, aquella donde me daban una paliza todos los santos días y de la que los otros gatos me echaron. Para ser precisos, también está frente a la panadería alemana, donde a la Viejona le gusta comprarse enormes porciones de tortas, que solo me deja lamer cuando hay que limpiar la bandeja, para luego quejarse de que ha engordado y preguntarme cómo le queda ese vestidito de noche que tanto le gustaba. Yo, en esos momentos, la miro mostrando gran interés y aprobación. Pero por dentro pienso: menos mal que no nací hombre.
Volviendo a mi veterinario, en su despacho —que no es la habitación donde me tortura— tiene un escritorio enorme. La mitad está ocupada por un busto de Mustafa Kemal Atatürk: nadie me quita de la cabeza que me dio por casi muerto antes de tiempo precisamente por el nombre Erdogat, que me puso la Viejona. En cuanto a Gazi Mustafa, hay que decir que en Nişantaşı un busto de Atatürk no se le niega a nadie. Por algo sus habitantes llaman a esta zona la «República de Nişantaşı».
Las cosas están cambiando también allí, lenta e inevitablemente. Pero, durante décadas, mi barrio representó no solo un lugar donde vivir, sino también una forma de vivir y de pensar.
Hoy Nişantaşı se ha transformado en un verdadero museo al aire libre de humanidad variada. Pero antes era el barrio de los intelectuales, aquel donde también residía el Vali de la ciudad —bajo el Imperio otomano era el gobernador de las grandes provincias en que se dividía el Estado—. Los más generosos dirán que es famoso por sus edificios y, en efecto, hay construcciones modernistas —Art Nouveau— dignas de mención. Pero la mayoría son tremendas, como las hay por miles en todo el país, con fachadas iguales y un balcón que ni pagando. En casa tenemos una especie de puerta ventana, detalle por el cual me siento todavía más privilegiado.
Al final, el verdadero valor añadido de Nişantaşı son sus habitantes: una verdadera categoría del espíritu. Si vives aquí, en Nişantaşı, solo hay dos posibilidades. O eres rico o estás a punto de serlo.
Luego está la categoría «Viejona», la de quien ha vivido meses en una residencia de estudiantes y ahora tiene una necesidad desesperada de volver a sentirse como una mujer joven de su edad, es decir, sin el agua caliente racionada, sin cuatro personas compartiendo una habitación de 25 metros cuadrados y sin la obligación de regresar antes de las diez y media de la noche.
Hay muchos otros barrios acomodados en Estambul: Etiler, Levent, Tarabya, Sariyer, la zona de Kemerburgaz y también muchos lugares de la parte asiática de los que ya les hablaré. Por no mencionar los complejos de ultra lujo que han surgido como catedrales en el desierto, como Vadistanbul. Pero si eres de Nişantaşı, eres verdadero old money y puedes permitirte mirar a todos un poco por encima del hombro. No es casualidad que por aquí circulen continuamente fotógrafos que, como abejas, revolotean alrededor de las flores con más polen. Lo hacen porque en Abdi İpekçi Sokak puedes encontrar a famosos comprando en tiendas de las marcas internacionales más conocidas o sentados en restaurantes que, aunque ya tengan cierto aire antiguo, de algún modo siguen siendo considerados locales que las personas de «cierto círculo» deben frecuentar. Y así te encuentras allí, bien instalados, a empresarios, influencers, actrices y socialités de todo tipo.
Todos van perfectamente emperifollados, maquillados y almidonados. Las mujeres se desplazan sobre el tacón de doce reglamentario y con vestidos de miles de euros encima, con los que recorren calles en pendiente con una naturalidad que ni con sandalias y leggings. De vez en cuando, por esos lugares también asomaba la Viejona, que para la ocasión tenía que vestirse de punta en blanco y ponerse incluso zapatos altos, diría que con resultados algo distintos respecto de las mujeres turcas, al menos en cuanto a la naturalidad de la zancada.
Esos sitios le servían para las entrevistas importantes. Un intelectual turco, o en todo caso alguien de la upper class constantinopolitana, nunca aceptaría encontrarse con alguien en un lugar donde no pudiera lucirse. Ahora que lo pienso, desde 2016, cuando ocurrió eso que en Turquía llamaron un «golpe», todos hablan mucho menos con los periodistas extranjeros y, desde luego, no se dejan ver. Al final, estos locales un poco old fashion se están transformando en verdaderas reservas indias donde intentar vislumbrar la Turquía de antes.
Nosotros, los gatos de Nişantaşı, seguimos acostumbrados a la vida mundana, que se traduce en mimos hasta altas horas de la noche. Este escenario de humanidad variada está dividido en varios sectores. Si en una parte hay cirujanos estéticos, tiendas que venden vestidos de noche y joyeros con escaparates resplandecientes e impresionantes —igual que sus precios—, la Rumeli Caddesi y las calles cercanas son, me corrijo, eran famosas por sus tiendas de telas y sus sastres. Algunos siguen en actividad, mientras que otros se han convertido en vendedores de ropa al por mayor, donde entran casi exclusivamente clientes rusos y árabes. Se trata de la parte un poco más popular del barrio. Como línea divisoria ideal está la Vali Konağı Caddesi, llamada así porque desde 1927 se encuentra allí la vivienda oficial del Vali, es decir, el prefecto de Estambul.
Si se tiene en cuenta que su oficina está en el barrio de Cağaloğlu —del que tendré ocasión de hablar en los próximos capítulos—, entre la dirección de residencia y la de trabajo no le va nada mal en la vida. Salvo por el tráfico para llegar a la oficina. En resumen, al norte de la Vali Konağı Caddesi están los simples mortales; al sur, en cambio, la crème de la crème de los Istanbullular o estambuliotas en español —sí, se dice así—, los habitantes de Estambul.
Quien camina por sus amplias aceras ni siquiera puede imaginar que, en esos mismos lugares, en los años cuarenta las familias judías sefardíes4 de Estambul se veían obligadas a vender sus objetos para pagar el Varlık Vergisi5, y que algunos de los palacios más suntuosos pertenecían a familias de los Rumlar, es decir, los griegos de Constantinopla. Pero también de este tema tendré ocasión de hablar. Por el momento, basta saber que esta calle vio levantarse los primeros edificios a lo largo de su recorrido en la segunda mitad del siglo XIX, para que se hagan una idea de cuánto más reducida era entonces Estambul.
Al final de Rumeli está la Halâskârgazi Caddesi, célebre porque allí se encuentra la casa donde también se alojó brevemente Mustafa Kemal Atatürk —fundador y primer presidente de la República Turca— y porque frente al Sebat Apartmanı fue asesinado en 2007 el periodista armenio Hrant Dink, alguien que se preocupaba «demasiado» por los derechos civiles de las minorías. Una vez que se llega al cruce, a la izquierda se ven unas murallas. Son las del cementerio católico. Allí están enterradas las grandes familias levantinas.
Quien tenga la curiosidad de visitarlo notará un monumento muy escenográfico con forma de pirámide: se trata del osario donde se conservan los restos de los soldados del Reino de Cerdeña que participaron en la Guerra de Crimea en 1855.
Después del cementerio se abre el barrio de Kurtuluş, que en otro tiempo se llamaba Tatavla, es decir, «los establos». Esto no debe sorprender: muchas zonas de Estambul tenían un nombre griego o armenio antes de la «turquización» de la ciudad. Aquí vivían sobre todo griegos, armenios y judíos de una clase social no particularmente alta. Muchos de ellos trabajaban en los astilleros de la Marina otomana, situados en la orilla del Cuerno de Oro.
Tatavla fue prácticamente destruida por un incendio en 1929. En su lugar surgió precisamente Kurtuluş, que en turco significa «liberación», nombre que evocaba la Kurtuluş Savaşı de Atatürk, el hombre que dio vida a la Turquía moderna directamente desde las cenizas del Imperio otomano. Un bonito nombre nacionalista, en suma, para dejar claro que la identidad del barrio debía adecuarse a la nación que estaba tomando forma. En realidad, Kurtuluş conserva todavía algo de su vieja alma.
Caminando por la Kurtuluş Caddesi, si uno echa un vistazo a los escaparates, puede ver crucifijos, estrellas de David y trajecitos de bautizo con inscripciones en armenio. En 2009, cuando según muchos —pero no según la Viejona— mi casi homónimo estaba intentando dar una impronta más democrática al país, incluso se había vuelto a celebrar el carnaval de Tatavla, es decir, el carnaval de los griegos de Constantinopla, aunque en formato ultra reducido, ya que en otros tiempos participaban miles de personas. Duró pocos años, por desgracia.
Extracto de “Estambul” de Marta Ottaviani
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